La clave está en el no ser
Solo entiendes el 1% de la realidad (con suerte)
Jairo Lago
2/9/20263 min read


La clave está en el no ser.
Constantemente recibimos estímulos, observamos nuestro entorno, un ruido que nos perturba, paladeamos cada bocado de comida que ingerimos, olemos la lluvia en verano y tocamos la mano de nuestra persona amada... También, no en todos los casos, recibimos "estímulos" internos o mejor dicho pensamientos. Podríamos decir que nuestra experiencia vital se resume a eso, inputs externos recibidos mediante nuestros sentidos, seguidos por una cadena de pensamientos que razona y da sentido a esa información que nos llega del exterior y... ya está, no hay nada más, somos solo un receptor y emisor de señales que se regodea en sueños de trascendencia cósmica, terrenal o trascendental, sin entender que, por mucho desarrollo intelectual que tenga, ilusión de la razón, arte, etc... tan solo recibimos información, la procesamos y actuamos en consecuencia, nada más sencillo que eso.
Esta sencillez, presenta graves problemas, entre ellos los límites que nos impone en nuestro desarrollo vital y en nuestra ontología (entendimiento del mundo) pues, nuestra vista está limitada a una longitud de onda (380-780nm) o lo que es lo mismo, toda longitud de onda que esté por debajo o por encima de dicho rango es invisible para nuestro ojo (no es), lo mismo sucede con el oído (20-20.000Hz), gusto, olfato y tacto... Eso quiere decir que, la gran mayoría de lo que vemos no es más que una burda representación o caricatura de la realidad fundante que, imperturbable escapa a nuestros sentidos.
Teniendo en cuenta solo nuestra parte sensible, ya debería ser suficiente como para cuanto menos, dudar de toda nuestra experiencia vital, pero eso es solo la punta del iceberg pues, somos seres sensibles, sí... pero más que sensibles somos seres pensantes (lo que quiera que signifique eso) y es ahí donde aparecen los mayores límites que experimentamos, en nuestra capacidad de interpretar la información sensible y explicárnosla.
Nuestro cerebro desarrolló una herramienta tan impresionante como opresora, el lenguaje. Wittgestein fue quien comenzó a ver el lenguaje como un carcelero, pues hasta entonces el lenguaje nos había ayudado a organizarnos como especie, comunicar nuestros miedos, necesidades e inquietudes al otro, etc... hasta que empezamos a profundizar en él y nos dimos cuenda que más allá de ayudarnos en nuestro día a día, nos castra tanto a nivel funcional como ontológico.
Un adulto promedio conoce en torno a unas 30.000 palabras, de las cuales solo entiende en torno a unas 1.000-1.500 que son las que utiliza en su día a día, dejándonos con un bagaje muy pobre pues la RAE por ejemplo registra 195.000 acepciones... utilizamos un 1% del lenguaje en nuestro día a día; ¿Cuántas veces te has quedado sin palabras? ¿Cuántas veces has dicho algo de una forma insuficiente?
A nivel sensorial, se nos escapa la gran mayoría de la información y de forma cognitiva no lo mejoramos, pues la gran mayoría de las personas no entiende más de 1% del lenguaje que utiliza, nos creemos poseedores de la verdad en la mayoría de las acciones que llevamos a cabo en nuestro día a día, creemos entendernos, entender a nuestros seres queridos, nuestros empleos, por qué llueve o como funciona un coche, pero la realidad es que solo pasamos a través de nuestro día a día como un potro recién nacido camina detrás de su madre en busca de alimento... a trompicones pero con mucha confianza, que combinación tan terrible.
Probablemente a lo largo de tu vida, no seas capaz de experimentar más del 1% de la realidad que te rodea, para ti el otro 99% no es, no existe, no lo sientes y mucho menos puedes pensar en ello o ponerlo en palabras. Pasarás tu vida en una cárcel mínima creyéndote dominar el mundo, pero tan solo serás el rey de una pecera en una feria ambulante... nada va a cambiar eso, pero al menos tu ontología sí puede hacerlo, entiende que eres un ser insignificante, que no eres rey de nada y que la clave de la realidad y la verdad, siempre escapará a tu entendimiento y razón, la clave está en el no ser.
