Vamos a hacer trampas al universo

Hacer trampas al universo: Amar más hoy para que el dolor de mañana no nos venza, sino que nos recuerde todo lo vivido

Jairo Lago

5/6/20263 min read

Vamos a hacer trampas al universo

El domingo fue el Día de la Madre y, como tantas otras familias que se aferran a los rituales para no olvidar lo esencial, fuimos varios miembros de la nuestra a comer a un restaurante para celebrarlo y agradecer a las madres y abuelas su silenciosa, constante y casi invisible labor a lo largo del tiempo.

Todo transcurría con normalidad (chascarrillos cuñados aparte), esa normalidad anestesiada que confundimos con estabilidad, hasta que, no sabiendo muy bien cómo, se apoderó de mí una emoción tan intensa que me obligó a aterrizar de emergencia en el presente. El tiempo tomó los mandos de la aeronave y frenó, frenó tanto que dejó de ser tiempo y se convirtió en advertencia: cuando él quiera, volverá a acelerar… y lo hará sin avisar, hasta dejarme solo en esa mesa <pues era el más joven de la misma>.

Despertar, mindfulness, consciencia plena… etiquetas modernas para una experiencia primitiva: darse cuenta. Y yo, en ese instante, lo experimenté. Fui brutalmente consciente de que, con suerte para mí, todas aquellas personas que conformaban la mesa —y mi vida desde que tengo memoria—, poco a poco se irán quedando en el camino. Miedo, angustia, ansiedad, tristeza… emociones desfilando en perfecta formación, como un ejército implacable que, sin prisa pero sin pausa, acompaña a cada uno hacia su descanso definitivo.

Mi cara debió de traicionarme. Me preguntaron si estaba bien, si me había sentado mal la comida… y fue justo ahí donde todo colapsó. El miedo, la tristeza, la ansiedad… se desvanecieron uno tras otro, como si nunca hubiesen estado, para dejar paso a algo mucho más peligroso: la claridad. Entendí que ese dolor anticipado no era una amenaza, sino un intercambio justo. Una ley no escrita. Como si de termodinámica se tratase, esto es un juego de suma cero: cada pérdida dolerá exactamente en proporción al amor que la precede. Y ahí comprendí la trampa: antes del dolor, siempre hay un amor descomunal que lo justifica. Por eso, y sin alternativa posible, solo nos queda una opción: ¡Hacer trampa a la vida!

El dolor que vamos a sentir es inimaginable. Duele ya solo pensarlo en el presente, aun a sabiendas de que es poco probable que esa ausencia se produzca en un corto lapso de tiempo. Pero la mente es así: anticipa tragedias como si con ello pudiera domesticarlas. Y sin embargo, con la rutina y la repetición, lo normalizamos todo. Incluso lo irrepetible. Por eso debemos rebelarnos contra eso. Pausar nosotros el tiempo. Robarle un instante al automatismo. Tomarnos un minuto en cada reunión familiar para mirar de verdad, para sentir de verdad, para ser conscientes del dolor futuro… y así romper el equilibrio de esa suma cero. Amar más ahora, tanto que la ausencia, cuando llegue, no sea capaz de devolvernos un dolor equivalente.

Claro, yo también me hice esa pregunta: ¿no dolerá más si amamos más? Sí, el universo siempre busca su equilibrio. Pero la trampa no está ahí. Ese es solo el primer movimiento. El verdadero truco —el único que puede hacernos ganar esta partida perdida de antemano— es otro: entender que ese dolor que nos arrasa, que inevitablemente va a arrollarnos una y otra vez, no es castigo… es prueba.

Prueba de que vivimos.

Debemos aceptar que ese dolor inconmensurable no es más que la suma del amor recíproco que construimos día a día con quien se fue. Así pues, ese peso que hoy te aplasta el pecho, esa sensación de asfixia cuando el silencio cae, esa fuerza invisible que te hunde en la cama… no es más que el eco de todo lo que fue. De todo lo que significó.

Es el lenguaje del universo cuando no le quedan palabras.

Y entonces ocurre lo inevitable: ese dolor muta. Se abre. Se transforma. Y deja paso a algo inesperado. La nostalgia. No como herida, sino como homenaje. Y en unas semanas, o meses, recordarás a quien se fue… y ya no dolerá igual. Porque entre tantas miles de millones de posibilidades, ocurrió lo imposible: coincidiste en tiempo y espacio con alguien que mereció la pena.

Y eso —aunque el universo no lo admita— ya es haber ganado.